Entre las situaciones que la vida impone hay algunas que son reconocidas como cuestiones propias del transcurrir en este mundo. Se trata de cosas que le suceden a muchos, que no son acontecimientos insólitos y ocurren sin que exista sobre ellas una relación de control o dominación. Se trata de aquello que “trae la vida misma”.
Sea cual fuere la responsabilidad de propia con respecto a lo que nos pasa, “las cosas de la vida” comparten patrones y son inevitables en la ruta de la vida. Pese a que nadie sabe a ciencia cierta cuáles serán las que le tocarán vivir, se tiene la certeza de que no se podrá transcurrir sin sortear algunas de ellas. Separaciones, muertes, sinsabores, alegrías. El amor o el desamor.
En esta nueva edición, “Saludhable” propone un título amplio, general y abarcativo para que cada lector confeccione su propia lista de prioridades de vida y descubra cuáles son aquellas situaciones que pueden darnos la oportunidad de descubrir un nuevo mundo interior. |
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• El día que llega a su fin, el verano que termina cuando llega el otoño, el sol después de la lluvia, el tiempo en el reloj, la niñez que da lugar a la adolescencia. Son los llamados ciclos de la vida que encontramos en la propia naturaleza y se replican en la vida en sociedad. Básicamente, se trata de estados y situaciones que finalizan y permiten la llegada de una nueva. La vida, entonces, parece ser una sucesión de “pequeñas muertes”.
Un grupo de profesionales reflexiona sobre las buenas y malas maneras de vivir la vida y lo saludable que es para nuestro cuerpo y alma aprender a soltar, aceptar y procesar situaciones “típicas” de la vida; las que nos llenan de felicidad pero también aquellas que ponen una cuota de tristeza y, en cierta forma, nos hacen sentir “que estamos vivos”.
Porque como afirman los profesionales consultados, no es posible construir un sistema para alcanzar la plenitud de la vida. No existe un manual de procedimientos o un mapa que nos señale el camino para vivir la vida. Ocurre, muchas veces, que una parte de la vida se realiza siempre de un modo distinto a como la habíamos pensado.
Cuando el resultado no nos gusta, lo último que nos cuestionamos son las ilusiones que nos habíamos forjado. Es cierto que “de la ilusión también se vive”, pero esto funciona cuando somos capaces de aceptar la cuota de desilusión que acompaña siempre a las satisfacciones reales.
• Con sentido común
“Las cosas de la vida” pueden remitirnos a aquellas situaciones que son ‘naturales´ y cotidianas, aquellas que hacemos sin pensar como comer, dormir, disfrutar de la sexualidad, trabajar, etc. Pero también podemos pensar en otras que uno no eligen ‘y le vienen dadas´.
Podemos llamarlas elecciones, destino o suerte. Muchas veces nos preguntamos ¿esto forma parte de mi destino o fui yo quien lo generó? Casual, con seguridad no hay nada. “Deberíamos preguntarnos, en todo caso, cuánto tiene que ver con la voluntad consciente y cuanto con movimientos que van más allá de la consciencia”, explica la licenciada en psicología Gisella Suarez. ¿Por qué nacimos en este país? ¿Por qué formo parte de esta familia? ¿por qué me está pasando esto a mi?, nos preguntamos cuando una tragedia nos sorprende. Cada persona tiene su explicación; algunos lo llamarán suerte, otros Dios y otros destino.
Para la psiquiatra y psicoanalista Marina Alonso, “para que las cosas de la vida sean vitales tienen que incluir la muerte como una forma inevitable de partidas”. Pero no solo se refiere a la muerte física, sino a la muerte como desprendimiento y deshacerse de aquello que se deja para dar lugar a algo nuevo. “Por ejemplo, de un conocimiento para adquirir otro, de una etapa de la vida para vivir una nueva. Si una persona sigue detenida en el tiempo con actitudes de joven cuando es mayor, en realidad está mostrando la incapacidad de desasirse del período anterior para estar en plenitud en la nueva etapa”, dice Alonso demostrando que la muerte en toda su polisemia, forma parte de la vida.
• Siempre una crisis
La llegada de los hijos, la vejez, formar pareja, divorciarse, etc son llamadas por los especialistas crisis de desarrollo porque constituyen momentos de cambio y transición donde aparece algo nuevo que desajusta todo el funcionamiento habitual.
Sabemos que son situaciones que en algún momento –cercano o lejano- nos tocarán vivir. Casarse, tener hijos o dejar el hogar familiar, además de generar un estado de crisis interna, nos dan la posibilidad de ganar nuevas herramientas para revisar toda la estructura de vida personal. “Aunque también puede ser peligroso –alerta Suáez- porque lo nuevo puede desacomodarnos y dejarnos en mal estado por no poder adaptarnos; es cuando aparece el sufrimiento constante. Lo cierto es que estas situaciones son oportunidades para aprender de la experiencia y ampliar nuestra vida con nuevos vínculos, maneras de ser y estar en el mundo”. En este sentido, todas aquellas situaciones de la vida que son “esperados” generan un movimiento y “sacudón” en nuestras vidas.
• Esconder para no ver
Muchas veces se dice que vivimos como podemos y no como queremos. La pregunta entonces es ¿qué hacemos con las cosas que nos pasan en la vida? ¿en qué lugar las colocamos? ¿las sacamos a la luz para poder percibirlas mejor o las escondemos debajo de la alfombra para alejarlas de nuestra vista? Se trata de una decisión personal que no siempre se toma de manera consciente.
Luis Chiozza en su libro “Las cosas de la vida” también se pregunta a donde van a parar nuestros dramas. La primera opción –y siempre más sana- es enfrentarlos e intentar resolverlos aceptando mediante un proceso de duelo lo que no tiene remedio y remediando aquello que aún puede ser rescatado. Pero hay otras situaciones en las cuales sentimos que se nos acaban los recursos y las fuerzas para resolver un problema que no podemos soportar y nos comportamos como si este no existiera o como si no nos importara.
Aunque, sabemos, que más tarde o más temprano el problema volverá a aparecer porque “los dramas desatendidos que entretienen parte de nuestras fuerzas en el proceso de mantenerlos reprimidos, terminan por producir complicaciones cuando la vida nos impone otros esfuerzos”.
Pero hay una opción más en la lista, porque hay dramas que vuelven bajo una forma nueva y es la que percibimos como una enfermedad del cuerpo. Podemos decir entonces –apunta Chiozza- que la enfermedad del cuerpo es una historia, un afecto, un drama en el alma que se ocultó allí, en el cuerpo, y que se nos presenta ahora escondido en el disfraz que le otorga una nueva cara”.
Marina Alonso propone reflexionar sobre algunas patologías que derivan de las salidas inconscientes que utilizamos para sentir que esos dramas “no nos duele tanto”, pero que –sin saberlo- nos ponen en el lugar de “adictos”. Se refiere a conductas llevadas al extremo, “nos hacemos adictos al deporte, compramos compulsivamente, nos llenamos de trabajo, nos hacemos adictos a algunos vínculos y también a algunas sustancias”.
Suárez, por su parte introduce el concepto de mecanismo de negación/ilusión para explicar la conducta casi infantil de negar aquellas situaciones que no lucen bien. “Todos tuvimos en algún momento alguna experiencia en la que no quisimos ver lo que estaba pasando. Pero retrasarlo y taparlo nunca es la solución, en realidad hace que el problema se acumule y tarde o temprano habrá que resolverlo. Tiene que ver con un mecanismo infantil de negación/ilusión que –en mayor o meno medida- todos conservamos. Y pensamos que si no lo vemos, no existe. También es un mecanismo que nos viene bien porque nos permite continuar con nuestro trabajo, por ejemplo. Generalmente aparece cuando sentimos que está en juego nuestra supervivencia física y/o emocional. Negamos porque creemos que no vamos a poder soportar el dolor”.
• La mala muerte
¿Hay una muerte buena y otra mala? La muerte “buena” está asociada a la capacidad de desasirse de elementos, situaciones, vínculos, etapas para dejar lugar a la llegada de nuevas. La opuesta, está relacionada con los tiempos modernos que incluyen el automaltrato. La juventud eterna, los vínculos enfermizos, el consumo desmedido, la mala alimentación, etc. Alonso los cita como la manera de detener el proceso vital. “Quizá las generaciones más jóvenes no alcanzaron a enterarse de que era posible ir más despacio. Vemos a niños de 3 años con celulares comprados por sus padres, quienes les introducen necesidades que son deseos de los propios padres y los transforman en máquinas de consumir. Dentro de la vida esa es una forma de muerte mala, ser consumistas desde tan pequeños es quitarle vida a los hijos, se los llena de cosas y se les apaga el deseo de vivir porque no llegan a descubrirlo”.
Llevando el tema a un plano de actualidad, los movimientos símicos registrados en los últimos meses en distintos puntos geográficos, dejaron consecuencias fatales para miles de familias afectadas material y emocionalmente. En estos casos, Alonso se pregunta qué les pasa a aquellas personas ‘que son lo que tienen´ cuando no tienen más. Se desmoronan cuando la identidad está dada por las cosas materiales que poseen. Es importante diferenciar lo que soy de lo que tengo, porque es la única manera de soportar cuando me falte”.
Lo cierto es que la vida tiene que ver con el movimiento, con los ciclos, con la dinámica de situaciones que nos sorprenden a lo largo del camino y debemos enfrentar con la mayor fortaleza posible. Recordemos a un poeta que señala que “muertos no son lo que en presunta calma la paz disfrutan de la tumba fría, muertos son lo que tienen muerta el alma y viven todavía”. Suárez reflexiona al respecto, “a veces aspiramos a que nuestra vida sea tranquila, sin mayores sobresaltos, pero cuando todo está demasiado quieto, es porque se está muerto”. En esta misma línea, Alonso entiende que aquel que solo vive para trabajar, por ejemplo, y no tiene tiempos de ocio y diversión, “no está vivo. Solo está vivo porque le late el corazón”. |
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