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La gorda sale de paseo, come algo sabroso, está rodeada de gente en un gran restaurante, una vez terminada la salida se dispone a marcharse, cuando de repente en su transitar pisa una madera y crack, media pierna queda insertada dentro de un deck de madera”.
Ella, “la más gorda de todas”, dice que pesa 114 kilos y mide 1 metro 80, y tiene un blog para contar no sólo ese tipo de desventuras que siempre terminan en un “silencio espectral” y risas contenidas.
 
 
“Absolutamente todas las miradas quedan posadas sobre la gorda que no sólo tiene lastimada la pierna sino el orgullo hecho pedazos”, cuenta la gorda, que es ella, la autora. “Yo la más gorda de todas”, se titula su blog, y se subtitula: “historias de la gorda que todas llevamos dentro”
Algunos de sus lectores le achacan que deje en reserva su identidad oficial y hasta hay los que pretenden que exhiba su imagen con fotos. Muchos, no incomodados por esas incógnitas, celebran su valentía.
“Gorda, Golosa, Rolliza, Cachetona, le hace honor a los siete pecados capitales, sobre todo al de la gula, sincera (demasiada para el gusto de los que la escuchan), amante de la moda, aunque la mitad de las cosas que se quiere comprar no le entran, egoísta no comparte los chocolates con nadie y si alguien se los quita corre peligro de muerte. Un desastre en la cocina, adicta al delivery y a la rotisería de la esquina…”.
Eso es todo lo que de ella revela su perfil. Así se define ella misma. Y remata: “La gorda más gorda de todas… (y orgullosa de serlo)”.
Pero en su blog, las anécdotas y reflexiones que hilvana desde Octubre de 2008 en el sitio alojado en http://www.puntal.com.ar/blogs/yolamasgordadetodas, también sangran las heridas que sufre ese orgullo suyo, ventilan los conflictos que embargan a una mujer con ese peso en una sociedad de flacos ideales, revelan las formas de su lidiar cotidiano contra la discriminación y demás alternativas de la vida de alguien que, al tiempo que demanda respecto y aceptación, se asume distinto y alza la bandera de su particularidad, se asume enferma y se reivindica golosa.
“Si algo tenemos claro las personas gordas es que gozar es una ley de vida…”, dice ella, en su rol de abanderada de ese colectivo social tan afecto a la simpatía como a la burla, cuando reprocha a un grupo de supuestos “pensantes normales” sus dudas respecto a la capacidad de las personas obesas de tener y disfrutar del sexo.
“Digamos no al vestido carpa”, concluye otro de sus relatos indignados, esta vez, frente a la visión de un maniquí decapitado en la vidriera de una tienda “para mujeres XL”, que vestía un batón, prenda ideal para el ocultamiento en el que ella se niega de manera terminante a entrar para ocultar esas otras formas de “la belleza humana”.
“Salí a comprarme un nuevo jean a causa de que el último ya lo usaba con un botón desprendido y mi panza se lastimaba por estar tan ajustada… Creo que me resistía a comprarme un nuevo pantalón por el hecho de que me cuesta aceptar o asumir que sigo aumentando de peso”.
Unas cuantas líneas después de conocerla queda claro, pero ella echa agua: “hacer apología de ser gordo, no es la visión de este blog, sí hacer apología de aceptarse como uno es, de afrontar la realidad que a uno le toca vivir, de transformarla o no de acuerdo a las decisiones que uno decida o pueda o quiera tomar…”.
Pero “me encanta comer…”, grita de pronto, al término de un posteo escrito mientras reivindicaba su derecho a “saborear ese pedacito de chocolate sin pensar en calorías, comer el trozo de pastel sin dejar la mitad, no sentir el peso de los otros sobre nuestro helado, comer un bocado grande de pan sin que nos de vergüenza hacerlo en la calle…”.
Y así, uno tras otro, sus posteos trazan el perfil de una mujer en parte combativa, en parte resignada, que reprocha el efecto de shock que intentan como método ciertos “especialistas”, reflexiona sobre los mecanismos que su mente activa frente al espejo, advierte sobre las perversiones del marketing de lo Light, se imagina en vestido blanco de bodas, comenta una obra de teatro, define a la obesidad como “una pandemia” y exhibe también sin pruritos las contradicciones que acechan la entereza de todo ser humano, más o menos liviano, más o menos pesado.
 
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