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| “Yo quiero tener un millón de amigos”, decía la canción. Y ahora es posible, Facebook mediante. Miradas analíticas y opuestas a la herramienta mimada de la nueva socialización light. |
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• Usa el buscador de amigos para ver si mas de tus amigos se han unido e invita a todos tus amigos hispanohablantes a que se registren”, motivaba, un tanto redundante, la nueva interfaz en español de Facebook, la red social que es furor a nivel mundial.
Hoy cuenta con más de 300 millones de usuarios, según anunció en Septiembre último su creador, Mark Zuckerberg, siempre sospechado por las intenciones de su empresita y la calaña de sus asociados.
Inocente, la leyenda de la página de inicio dice que “Facebook te ayuda a comunicarte y compartir con las personas que conoces”.
Y tan necesitada de comunicar y compartir anda tanta gente que en sus apenas cinco años de vida Facebook se convirtió en un fenómeno global del que todo el mundo habla y del que, pareciera, nadie puede estar afuera.
En el Observatorio para la Cibersociedad –cibersociedad.net—, bajo el título de “Facebook, espejo virtual”, la investigadora Bianca Liliana Suárez sostiene que “las redes sociales, como sistemas estructurados (…) dibujan un mundo construido por múltiples nexos con trayectorias estables o impredecibles que producen conocimientos, modelos de producción, capital social e ideologías. Es bajo estos preceptos que se ha hablado de la Net-Society, de la sociedad de redes o de la era del capitalismo de redes”.
La investigadora atiende especialmente a la cuestión de la identidad y afirma que en Facebook “construimos y reconstruimos continuamente un Yo a partir de muchas imágenes que representan el ser, en varios niveles de sentido o tipos de texto, formas, nombres que unidos reúnen fracturas de sentido”.
Y por eso concluye que “un perfil es un constante reflexionar sobre lo emocional, qué tipo de persona se es, atiendo a eventos, adiciono amigos, de quién soy amigo, quién y qué me escriben, tengo flores o regalos que crecen en el tiempo, vendo a mis amigos, me invitan a tomar cócteles y cuántos cócteles me han invitado. Soy según las lecturas e interpretaciones del observador del Perfil”.
La autora atribuye un poder especial a las imágenes que exhiben cada uno de los usuarios de esta plataforma. “Constituyen el cambio más importante en la construcción de sentido a partir de Facebook –dice—. Son las fotos de perfiles, las fotos en las que el Yo es representado, es en las fotos de mis conocidos que me refieren a mi historia personal, las fotos en las que el interés personal o el deseo se ve plasmado, es en ese momento en que recreo mi historia personal, mis deseos, mis intenciones, mi imaginario en sociedad”.
También puede extenderse a Facebook la reflexión que realizó en relación a los chats el psicólogo uruguayo Roberto Balaguer Prestes, autor de los libros “Internet: un nuevo espacio psicosocial” (Montevideo, Editorial Trilce, 2003) y “Vidas conect@das, La pantalla, lugar de encuentro, juego y educación en el siglo XXI” (Montevideo, Editorial Frontera, 2005).
Balaguer Prestes dice que estos nuevos medios permiten al usuario “poner en escena un personaje”, lo que es un “modo de acentuar o recrear personalidad, de compensar aquellos (aspectos) que se viven como defecto o limitación y también de expresar las tendencias inhibidas habitualmente”. El psicólogo entiende que eso, a veces, es útil para observar y estudiar las reacciones de los otros. Pero también advierte que en algunos casos, “esos aspectos pueden ser integrados a la personalidad y no sólo jugados”.
Es en entornos electrónicos como Facebook, Twitter, Hi5, Netlog, MySpace y otros, donde “las personas pueden darse un respiro y dedicar tiempo y energías a controlar sus vidas escenificadas" señala Balaguer Prestes. Es en estos nuevos lugares de encuentro donde la gente se anima a desplegar aquellos aspectos de la personalidad olvidados en la cotidianeidad”.
Pero según Suárez, el consumo de tiempo en Facebook es ”inoficioso”. “Las páginas de redes sociales vuelcan las necesidades hacia el consumo de tiempo visitando imágenes, subiendo imágenes que representen una individualidad de mostrar públicamente y unas actividades virtuales que igualmente me representen”.
• Existir
En su ponencia sobre “El chat y el Messenger: instrumentos de entrenamiento en comunicación para tiempos de incertidumbre y baja atención”, Roberto Balaguer Prestes define al chat como un modo de comunicación «paradigmático de las comunicaciones posmodernas: informales, breves, poco comprometidas con la interioridad de los sujetos en cuestión»; al tiempo que señala que la modalidad de escritura veloz y la desinhibición que propicia este medio son “cogestoras de lo pueril”.
Pero el chat es solo una de las prestaciones de Facebook, herramienta a la que también sería atinado transpolar el análisis que el autor realiza sobre el Messenger, donde “no hay desconocimiento de la identidad del otro, no hay anonimato”, como sí ocurría en las salas de chat. Los contactos, tanto en el Messenger como en Facebook, “están habilitados para formar parte de la lista del usuario”.
Son tecnologías que incorporan “el control sobre lo inesperado”, permitiendo “decidir de quién queremos recibir o no comunicaciones, para quién estar disponible”.
Representan “una compañía omnipresente, latente”. Brindan “la posibilidad de contactarse con los amigos, conocidos, los contactos elegidos, los referentes escogidos. Es a la vez marcar presencia en la Red, determinando su estatus de presente-ausente, generando existencia”.
Habilitan “a la conexión”, a “dar señales de presencia en el espacio psicosocial de la Red” y experimentar la “sensación de estar ahí y presente, a salvo de las soledades en la conexión con los pares”.
También podría decirse que Facebook “promueve espacios de intercambio, presencia, compañía permanente”.
En su libro “Amor líquido, acerca de la fragilidad de los vínculos humanos”, el filósofo polaco Zygmunt Bauman sostiene que, en la red, “las conexiones se establecen a demanda, y pueden cortarse a voluntad”, mucho antes “de que empiecen a ser detestables”.
Esas conexiones, dice Bauman, “son ‘relaciones virtuales’. A diferencia de las relaciones a la antigua, parecen estar hechas a la medida del entorno de la moderna vida líquida, en la que se supone y espera que las ‘posibilidades románticas’ (y no sólo las ‘románticas’) fluctúen cada vez con mayor velocidad entre multitudes que no decrecen, desalojándose entre sí con la promesa ‘de ser más gratificante y satisfactoria’ que las anteriores”.
Las “relaciones virtuales” parecen “sensatas e higiénicas, fáciles de usar y amistosas con el usuario cuando se las compara con la ‘cosa real’, pesada, lenta, inerte y complicada”.
Según éste filósofo, el “impulso hacia la libertad” y el “anhelo de pertenencia” se “funden y mezclan en la absorvente y consumidora tarea de ‘crear una red de conexiones’ y ‘navegar en la red’”. A su entender, el ideal de “conexión” promete “una navegación segura entre los arrecifes de la soledad y del compromiso, entre el flagelo de la exclusión y la férrea garra de los lazos asfixiantes, entre el irreparable aislamiento y la atadura irrevocable”.
Para Facebook, todos los conocidos son “amigos”. Según Bauman, son compinches, y “los compinches, como bien lo sabe cualquier adicto, van y vienen, aparecen y desaparecen, pero siempre hay alguno en línea para ahogar el silencio con ‘mensajes’. En la relación de ‘compinches’, el ir y venir de los mensajes, la circulación de mensajes, es el mensaje, sin que importe el contenido… Tenemos pertenencia al constante flujo de palabras y oraciones inconclusas. Pertenecemos al habla, no a aquello de lo cual se habla”.
En su libro, Bauman introduce el concepto de “proximidad virtual” para definir al tipo de relaciones que propician herramientas como Facebook, la Internet en general y también la telefonía celular.
“El advenimiento de la proximidad virtual hace de las conexiones humanas algo a la vez más habitual y superficial, más intenso y más breve. Las conexiones suelen ser demasiado superficiales y breves como para llegar a ser un vínculo (…) Se ocupan sólo del asunto que las genera y dejan a los involucrados a salvo de desbordes y protegiéndolos de todo compromiso más allá del momento y tema del mensaje enviado o leído (…) Los méritos y defectos de toda proximidad son ahora medidos en relación con los estándares de la proximidad virtual”.
El 6 de febrero último, al periodista especializado en tecnología de Rolling Stone se le saltó la térmica y en el blog de la revista posteó una nota bajo este breve título: Odio Facebook.
Dijo Maximiliano Poter: “mis 13, 14 años vinculados al mercado tecnológico no sirven para nada a la hora de intentar comprender qué nos pasó a todos como para cambiar la compañía del bar por un mantel electrónico para el picnic unipersonal, la sonrisa por el smile, las discusiones por comentarios o los abrazos por clics. Claro que debería analizar esto con ‘objetividad periodística’. Hablar sobre lo buena que es esta plataforma para el ‘relacionamiento’ a la distancia, para seguir vinculado con aquellos seres queridos que están lejos, para los reencuentros familiares, como servicio público, como simple diversión, como movilizador de causas e ideales. O de lo interesante que es para el desarrollo de nuevas estrategias de marketing y como generador de negocios e ingresos”.
“Pero, en realidad, no puedo –dice Poter, y acá estoy: yo, el techie de Rolling, el vanguardista que, de tan actualizado, se convirtió en un antisocial 2.0, con la ñata contra el vidrio mirando, frío, esta kermés virtual con diálogos mudos, contactos sin tacto, comunicación sin emoción, contenido vacío, presencias ausentes y pertenencia sin participación de 150 millones de soledades que ‘ahora son amigas’”.
“Les dejo un mensaje en el muro a todos –concluye—: basta. Me voy a un boliche a la esquina, a tomar una ginebra con gente real... ¿Alguien me acompaña? Vengan, no tengan miedo: ahora le pusieron Wi-Fi”. |
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