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Las capas del refugio
 
Dicen que el cuerpo es la casa donde habita el espíritu, el alma o lo que sea ese fuego que mueve, caracteriza y distingue a cada ser humano. Una casa es otra forma de vestido. Una necesidad. Y un símbolo.
 
 
El cuerpo es la primera forma del hombre habitando este mundo, pero su piel no vasta como protección. Pasar el invierno en cueros por lo general no es cosa aconsejable en estas latitudes.
Es necesario guarecer al cuerpo del clima y la mirada ajena, y para eso, encima se le echan ropas que a la vez abrigan e identifican, como símbolos de una cultura, una posición social, una idiosincrasia.
Con las casas pasa cosa parecida a lo del vestuario. La moda estandariza gustos y anhelos, pero lo cierto es que no todos los estilos arquitectónicos son aplicables a todos los ambientes, como no todas las prendas sientan bien a todos los cuerpos.
Y es llamativo: muchos arquitectos emparentan su profesión al oficio del sastre. Se evocan diseñando arquitectónicos “trajes a medida” de sus compradores.
Para la arquitectura oficial, en cambio, es más eficiente construir un mismo modelo de casa para miles de familias. Es coherente: a las instituciones corresponde reproducir seres funcionales más que sensibles.
No importa lo distinto que sean las formas de vivir y habitar de los beneficiarios de planes de vivienda. Los constructores oficiales ni parecen fijares en la conveniencia de determinadas técnicas constructivas sobre otras –en términos de ahorro energético, por ejemplo—, ni tampoco parecen detenerse en la necesidad de que esas familias gocen de la luz del sol durante la mayor parte del día. Sólo parece importar que las casas se construyan rápido. Porque la necesidad de vivienda siempre urge, como un corte de cintas.
Muchos arquitectos particulares dicen, en cambio, que también son un poco psicólogos, que en ocasiones parecen terapistas de pareja, terapistas familiares, que acostumbran sondear los deseos y necesidades de sus comitentes para determinar las formas y funciones de sus diseños, a veces ayudándolos a procesar sus complejos y a resolver sus conflictos.
“El ángulo de la luz sobre la mesa donde desayunás es un detalle, pero un detalle te puede cambiar la vida”, afirmó la arquitecta Silvana Daghero, cuando contó al suplemento Construir de Diario Crónica que ella pide a sus clientes que le precisen también las sensaciones que quieren experimentar en su casa, en los distintos momentos del día. “Es una forma de humanizar la arquitectura”, dijo.
Una arquitectura deshumanizada parece estar al servicio de tanta gente que empeña muchísimo dinero para proyectar y construir la casa que habitará poco más que durante sus horas de sueño. Llevan tanto tiempo lejos de casa, en sus ocupaciones productivas, que un peatón cualquiera pasará mirando a través de los enormes ventanales de su casa diseñada a la moda y las encontrará detenidas como fotos de revista, frías como oficinas, pulcras y ordenadas, pero tristes, como ilusiones abandonadas, sin vida, deshabitadas.
“Hoy en Comodoro se hace mucha escenografía y poca arquitectura perdurable. Acá el neo-racionalismo es desmontable, es el estilo de la arquitectura de descarte. Una respuesta al mercado ligero”, dijo Eduardo Sosa, arquitecto local, en otra entrevista de aquel suplemento y llamó la atención sobre el hecho de que esos materiales en boga no sólo se usan para que oficinas y comercios puedan desmontarse de un momento a otro.

• De vuelta

Pero mientras se difunde ese tipo de construcción fugaz, recreando espacios para usar, tirar y comprar de nuevo, también hay gente construyendo y enseñando a construir casas, otra vez con tierra y con lo que la tierra provee, porque dicen que esos materiales se piden prestados y se devuelven al cabo de un ciclo, y pueden volver a usarse, para construir otras casas, y así infinitas veces. En el barrio Bella Vista se practica una de esas viviendas y sus constructores, Fernando Salvador y Federico Cusolito, ya llevan dictados tres cursos en la marcha de esa misma trabajosa pero gratificante construcción.
El suelo comodorense es arcilloso y la arcilla es materia prima crucial de la llamada “construcción natural” que cada vez más personas eligen frente a los terrores evidentes que el “progreso” causa a la naturaleza.
Mientras el mercado agiliza los negocios con materiales de montaje rápido, y se difunde la moda de un estilo arquitectónico ideal para su aplicación, también hay cada vez más personas que revalorizan los saberes ancestrales sobre el uso de materiales naturales.
Enlazando fibras construyen las aves sus nidos. El hornero lo hace con barro. La perfección de su trabajo recuerda al caracol. Exceptuando al reino mineral y la ilusión del horizonte, la naturaleza siempre prescinde de la línea recta que el hombre tanto ensalza en su arquitectura.
Muchas personas hoy eligen hacer sus casas con lo que provee ya no el comercio, sino el ambiente. Con lo que tienen a mano. Tierra, piedra, madera, caña, bosta de caballo, paja y demás fibras naturales. Y apuestan a formas más orgánicas: a los ángulos más abiertos en tránsito al reencuentro con las formas circulares.
Es gente que dice estar volviendo a lo natural, a integrarse a los ciclos de la naturaleza, a tomar lo que entrega en su enorme bondad y agradecerlo evitando los daños que implica la fabricación de los materiales de construcción modernos.
Claro que ya hay negocios proliferando en torno a la construcción natural, que demuestra óptimos resultados en términos de ahorro energético, pero por lo general estas personas eligen edificar ellos mismos sus nidos, ayudados por amigos, organizando “mingas”, que son reuniones de trabajo entre amigos, de las que participan personas de todas las edades, para cooperar y agilizar las tareas.
Este retorno a las técnicas naturales de construcción acentúan las diferencias entre quienes eligen vivir y construir una casa dentro y fuera del sistema, mientras por otras vías se conducen los que prefieren carecer de la propiedad que implica una casa, y andan, con todo lo poco que deciden tener de material, a bordo de una mochila, como caracoles de caparazón blando.
Son distintas formas de habitar el mundo: el cuerpo, el vestido, la casa. Instancias del proceso de ser y parecer.
 
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