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Hay tres crisis vitales donde una hija abandona a su madre: cuando ingresa al colegio, en la adolescencia, y con la maternidad. Cuando se dice que una mujer sigue siendo hija, no se alude a los lazos biológicos que la unen indisolublemente y de por vida a su madre, sino a un rasgo distintivo: la dependen-cia que la perpetúa en el lugar del que espera que las soluciones provengan de afuera.
 
 

En las primeras etapas de la vida, la dependencia con la madre es condición ineludible para poder vivir y desarrollarse. Pero a medida que los años pasan, esa sujeción irá mutando hacia la independencia. Si esto no ocurre, si la relación madre –hija no madura puede ocurrir que al momento de pensar en la maternidad, los miedos estén relacionados con la dificultad de alcanzar el status de adultas autónomas. “No puedo ser mamá porque todavía miro el mundo con los ojos de una hija”, dice la periodista Mónica Soraci en su libro “¿Hijos? No gracias”.
Para la especialista Marina Alonso, la evolución del vínculo maternal se da cuando hay una adaptación al crecimiento de la hija que necesita desde otro lugar a la madre. Es decir, la adaptación debe ser mutua.
“El niño necesita normas. Cuando es adolescente también. Pero cuando es adulto y comienza a tomar decisiones y pensar por sí mismo, la madre quiere mantener el vínculo como cuando era chico. Si ambos se adaptan y la madre comprende que el hijo creció, podrá retirarse y abstenerse de seguir siendo la dadora de todo y renunciar al hijo”, explica Alonso, quien asegura que los hijos deben poder quedarse con lo que aprendió y fue adquiriendo de la madre dejando afuera de su vida a la madre real.

• Renunciar es madurar

La maternidad es, en sí misma, una renuncia al lugar de hija. Se trata en general de mujeres que se detuvieron en una etapa, no pueden hacer el duelo de ese rol que tuvieron desde que nacieron y tomar el de una persona adulta, capaz de hacerse cargo de otro ser. No pueden separarse de su mamá y quieren seguir recibiendo las atenciones y cuidados que les dispensaban de niñas. Recibir en vez de dar, porque la maternidad es eso: una entrega.
“Para que la mujer pueda ser madre, tiene que haber logrado elaborar en la relación con su mamá un cierto grado de desprendimiento; tener confianza de poder convertirse ella en mamá sin que ello destruya a la madre. Tiene que poder sentirse tranquila de que la madre la va a acompañar como abuela y no le va a robar el hijo. Porque si ese desprendimiento no se produjo sanamente, el hijo va a ser de las dos”, explica Alonso.
En este proceso, que implica renuncia y adopción de nuevos roles, es fundamental la existencia de una brecha generacional que debe ser elaborada tanto por la madre como por la hija.

 
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