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| El término “analgésico” procede etimológicamente del griego. “Algia”, se sabe, es dolor. Y el prefijo “an” refiere “carencia”, pero también “negación”.Nicho de mercado interesante debe ser el de la gente cuyas ocupaciones cotidianas le exigen desatender las causas profundas de sus malestares, atacar farmacológicamente cualquier síntoma, de modo urgente y efectivo, para seguir una vida normal, sin dolor, hasta que el efecto se disipe, y la droga deba volver al rescate. La industria farmacológica invierte millones para convencer al público televidente de que la gente que se da con analgésicos lleva una vida modelo y feliz. Para qué prevenir, si el dolor se puede aliviar, calmar, “eliminar” de un sorbo. No es necesario modificar hábitos ni conductas: el bálsamo es de venta libre. Y es bueno. |
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• Como los analgésicos están en boca de todos, no dejan de aparecer atractivas novedades respecto a su mágico mundo. Benjamín Domínguez Trejo, académico de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional de México, en el marco de una conferencia sobre Psicología del Dolor afirmó en septiembre último que “hasta 60 por ciento del alivio del dolor crónico en pacientes puede provenir de la modulación emocional o de factores psicológicos, y sólo 40 por ciento se explica por el uso de fármacos y analgésicos”.
El especialista afirmó que si un paciente está relajado, con una dosis pequeña de analgésico su dolor puede desaparecer, pero si está tenso o preocupado, hasta tres administraciones podrían no producirle ningún alivio.
En su exposición, Domínguez Trejo señaló que en Méjico, como en otros países, el número de habitantes que padecen dolor crónico ronda el 27%.
Claro está que a la industria y a sus publicistas les atrae mucho más ese número que las últimas noticias sobre la complejidad de la nocicepción, que es la manera en que el organismo responde a lesiones, daños o agresiones mediante receptores neurales especializados, o la “retroalimentación biológica” que propone Domínguez Trejo como tratamiento no invasivo, complementario o alternativo al farmacológico, que se apoya en cambios contextuales o psicológicos para aliviar al paciente.
Considerando la imagen que proyectan sobre sus audiencias, para los laboratorios más mediáticos la del ser humano es mecánica simple, pero la ciencia sigue corroborando que la química de los hombres es una materia de complejidad sorprendente.
Investigaciones con Tomografías por Emisión de Positrones (PET) constataron que el sólo hecho de pensar en un fármaco alivia el dolor mediante la liberación de dopamina en el núcleo accumbens: un área del cerebro relacionada con la habilidad de experimentar sensaciones de placer y recompensa e, incluso, con la adicción a las sensaciones causadas por ciertas drogas.
En la Unidad de Investigación del Dolor del Hospital Churchill de Oxford se pusieron a clasificar los efectos de los analgésicos y plantearon los resultados en términos de Número Necesario de Tratamientos (NNT), que es el número de personas que tendrían que tomar el fármaco para que beneficie a una parte de ellas. Es otra forma de hablar de una estadística.
La clasificación planteada por los investigadores del Churchill dice que un fármaco verdaderamente eficaz tendría un NNT próximo a 1. Es decir: cualquiera que lo tomara percibiría sus beneficios.
Tal vez un determinado laboratorio haya financiado este trabajo. No se sabe. Lo cierto es que los muchachos de Oxford describieron el NNT del ibuprofeno, el paracetamol y la aspirina, y no evitaron decir que los remedios que conseguimos sin receta para el dolor leve o moderado nuestro de cada día tienen un NNT de por lo menos 2,5. Eso indica que el más eficiente de esos remedios solo sería capaz de dar alivio al 40% de las personas que lo tomaran.
La combinación de estadísticas no es cosa tan desaconsejada y entonces se puede señalar que, según un estudio realizado sobre 600 pacientes de 6 centros especializados en cefaleas de Alemania, Dinamarca, España, Italia, Chile y Argentina, “siete de cada diez personas sufren cada vez más dolor de cabeza por el uso excesivo de los analgésicos con los que, precisamente, buscan alivio día tras día”.
Se dice que una persona padece Cefalea por Abuso de Medicamentos (CAM) cuando sufrió dolor de cabeza 15 días o más al mes y si necesitó tomar una o más pastillas diarias de analgésicos durante 10 o 15 días al mes, según el tipo de medicamento utilizado.
Según el informe publicado por diario La Nación, la neuróloga María Teresa Goicochea (Fleni) aconseja a cada paciente «llevar un control de los días que tiene cefalea al mes y de la cantidad de días que toma medicación para aliviarla (…) Si hay un aumento de la frecuencia de los dolores y de los analgésicos, debe consultar al médico”. Su cerebro puede estar reaccionando en forma adictiva. Según parece, la experimentación, el uso, el abuso y la adicción son instancias comunes a la experiencia de los consumidores de drogas legales e ilegales.
En el mismo informe, la cronista Fabiola Czubaj deja para el final un dato atractivo: antes de caer en manos de los estudiosos de la Cefálea por Abuso de Medicamente, en Argentina sólo el 23% de los pacientes monitoreados había intentado tomar el toro por las astas: suspender el fármaco para permitir la desintoxicación del cuerpo y hacer algunas modificaciones sobre su estilo de vida, entre ellas las más aconsejadas. Ellas son: “no saltearse comidas; reducir el consumo de cafeína (café y gaseosas), de mateína y hasta de alcohol, chocolate y otros alimentos si generan dolor de cabeza; caminar por lo menos 20 minutos por día, y reducir el estrés, ya sea evitando las situaciones de tensión o mediante actividades como el yoga”. |
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