 |
| |
| El duelo es un proceso de elaboración de una perdida trascendental en la vida de alguien; que puede tratarse del fallecimiento de un ser querido así como de la perdida de un hogar, el mudarse de una ciudad, etc. En el presente artículo se abordará la temática desde la muerte, pero este desarrollo puede ser pensado para cualquier situación de pérdida. Al hablar de proceso decimos que un duelo se realiza en forma progresiva, lleva tiempo y esfuerzo. Y que en todas las personas se realiza de diferente manera. Este proceso conlleva dolor, esfuerzo y angustia. |
| |
 |
| |
• Anteriormente el duelo estaba fuertemente pautado desde lo social (el tiempo que los deudos debían guardar luto, los rituales funerarios adecuados, etc) En la actualidad estos rituales fueron perdiendo su rigor, hasta el punto en que cualquier muestra de dolor publica es considerada una conducta patológica. Al ser pensado de esta manera se dispondrían de menos recursos para poder pensar en la muerte.
• Detenidos en el tiempo
Es frecuente que a la consulta acuda quien han perdido o están por perder a un ser querido, tratando de anticiparse a esa situación y de esta forma mitigar el dolor. Tal defensa contra el dolor es imposible. Toda perdida conlleva el dolor en forma indefectible.
El dolor implica una exigencia de trabajo psíquico, una tarea que de alguna manera es siempre imposible. La pérdida irreversible y el dolor que ella conlleva siempre es traumática en tanto que necesita necesariamente de un trabajo de elaboración.
No es el dolor lo patológico sino la eterización, la detención de la vida de un sujeto en ese momento.
Cuando una persona -luego de un tiempo potencial- se rehúsa a retomar su trabajo, se niega a vincularse con quienes lo hacia en forma habitual, descuida lo que para el era importante o significativo, descuida su imagen. Resultan datos significativos para iniciar un tratamiento psicológico.
Si podemos hablar de que la conclusión de un duelo debería ser un deseo de continuar la vida ‘a pesar de…´.De seguir viviendo mas allá de la perdida. Tarea nada sencilla ya que en muchos casos se debe superar esta paradoja que este sentimiento vital entraña.
Podemos establecer que existen tantas respuestas ante una pérdida como personas, pero todas esas conductas se pueden clasificar al menos en tres grandes grupos diferentes: hay quienes logran aceptar, no sin sufrimiento, que la muerte es parte de la vida y que en forma paulatina retoman sus proyectos de vida.
Están quienes niegan en formas diversas que lo perdido es irrecuperable: no desean hablar del tema, no modifican el cuarto o las pertenencias del fallecido, hablan como si estas personas continuaran con vida, en definitiva al negar la pérdida se defienden ante el dolor. Y también están quienes comienzan a desarrollar actividades que anteriormente realizaba la persona fallecida.
Esta identificación a ciertos rasgos no determinan una particular preocupación hasta tanto esta persona no se identifica en forma completa. Esto implicaría que no merece seguir viviendo, que nada en la vida tiene valor sin el fallecido, quien debería haber muerto es quien lo sobrevive.
• Los niños ante la muerte
El sentido común tiende a pensar a los niños carentes de cualquier tipo de comprensión sobre los procesos vitales, cuando en realidad muchas de sus inquietudes y preguntas giraran en torno a estos hechos. Y no es por falta de información que la más de las veces ciertas ideas suenen disparatadas para un adulto.
Ciertamente carecen de recursos para poder abordar determinados temas que resultan difíciles de hablar; tales como la muerte y la sexualidad. Los niños no entienden la muerte como lo hace un adulto, en el sentido que para un niño la muerte no es un hecho irreversible. No guarda una conexión entre la interrupción de los procesos vitales y la muerte
• Cómo hablar sobre la muerte
Será a partir de los 6 o 7 años que los niños comenzaran a tener una idea rudimentaria de la muerte, periodo que es significado por el niño como que algún día será él quien va a fallecer, indefectiblemente, como sus seres queridos.
Muchas de las dificultades para hablar de la muerte no parten del niño sino que son inhibiciones del adulto. Los niños no tienen pudor para hablar de la muerte. Tratar de esconder el hecho no mitigará de ninguna manera el dolor ante el hecho. Sino que traerá aparejado múltiples contrariedades.
En principio, es importante entender que las inhibiciones son mayormente aportadas por el adulto. Hablar sobre lo sucedido sin mayor demora. Los niños tienen una lectura de la realidad mas allá de lo que los adultos le comuniquen. Un niño sabe que algo no habitual está sucediendo. Entonces es importante tratar de hablar del tema con la mayor honestidad posible, procurando no ser extremadamente gráficos. Además, estar dispuestos a escuchar e intentar responder las inquietudes que el niño plantee; dando el espacio para que desarrolle lo que entiende de lo sucedido.
No debemos esperar que el niño vivencie la perdida como un adulto. Comprender y aceptar que el niño tendrá sus propios tiempos para procesar la perdida.
Las palabras para el niño se toman literalmente, no entenderá metáforas sobre la muerte como ‘se fue al cielo´, ‘se fue´, ‘no va a estar mas con nosotros´, ‘se fue de viaje´, ‘pasó a mejor vida´, ‘está descansando en paz´, etc. Hay que procurar usar palabras como: murió, falleció. Al niño hay que darle lugar a que hable pero no estar todo el tiempo encima.
En estas circunstancias, los comportamientos regresivos son habituales. Se deberá considerar una consulta con un profesional cuando las conductas regresivas se sostienen durante un tiempo prolongado, que conlleven sentimientos de angustia destacados, pesadillas en forma habitual, que manifieste temor a su propia muerte con recurrencia, que no tenga deseos de practicar las actividades que realizaba habitualmente, etc.
Si bien fueron planteadas varias generalidades, es preciso señalar que estas no necesariamente implicaran una serie de etapas que deben atravesarse en este orden. Mas allá de estas generalidades el motivo de consulta debería pensarse cuando una persona atraviesa una situación de sufrimiento o angustia ante la cual no puede brindarse una respuesta.
Lic. Alejo Recalde. Psicólogo UBA. MP0614 / Cel (0297) 154216148 / e-mail sralejos@yahoo.com.ar
Lic. Sebastián Núñez. Psicólogo UNLP. MP 0596 MN 46150 / Cel (0297) 155920280 / e-mail sebastianunez@gmail.com |
| |
| ir arriba |
|